sábado, 22 de marzo de 2008

De Luisas y Marías Concepciones

Antes de salir de su oficina, Ema anotó en su agenda: tengo que llamar a Gladys. Miró el reloj, eran las 14.57hs. Tenía calculado que tardaba tres minutos en juntar las cosas y saludar a sus compañeros para cruzar la puerta del ascensor a las 15.00hs. Guardó prolijamente su agenda y lapicera en la cartera, se la colgó del brazo y comenzó el recorrido por los escritorios de sus compañeros con el saludo de siempre. “Hasta mañana, si Dios quiere” “Hasta mañana, si Dios quiere”. Al cruzar la puerta miró su reloj digital con segundero, las 15 horas 00 minutos 45 segundos.

Durante el viaje de regreso se sentía ansiosa, perturbada. Habitualmente, Ema llega a su casa a las 15.45 hs (más menos cinco minutos) se saca los zapatos, se desabrocha los primeros botones de la camisa y, previo a sentarse a mirar la novela de las 16hs, se hace un te con limón. Hoy tendría que ser distinto, esta vez iba a tener que llamar a su vecina para contarle toda la verdad.

Cuando bajó del colectivo, Ema caminó más lento que de costumbre, no le importó pasarse de su margen de error de cinco minutos. Miró vidrieras y compró una revista de salud y confort en el kiosko de diarios, lujo que sólo se permitía los fines de semana.

Al llegar a su casa, recogió del piso un par de sobres. Cuentas, cuentas y cuentas para: Sra. Ema Aguirre, Tacuarí 1304 3 C. Los guardó en un cajón ordenadamente y recogió de ahí mismo un sobre marrón, abierto. Lo bordeó con la yema de sus dedos, leyó los datos de la destinataria, observó la estampilla y lo sujetó bajo su axila. Caminó por la casa en círculo, mirando de reojo el teléfono, y el reloj, que marcaba las 16.15hs. La novela había empezado, hoy se sabría si Carlos Alberto engañaba a Luisa con el mayordomo, o si todo era una mentira de María Concepción para arruinarle la vida a Luisa. A pesar del fanatismo y de la intriga que le despertaba esa novela, hoy podría prescindir de esa historia.

Cómo explicarle a su vecina lo que había sucedido. Cómo explicarle que ella en verdad no había querido hacer lo que hizo, cómo mentirle sin que sospechara, justo a Gladys. Justo a la única vecina a la que era capaz de expresarle algún sentimiento, el de su peor odio. Odio mezclado con envidia. A Gladys le pasaban cosas, su vida era entretenida: gritos, peleas, llantos, teléfonos sonando a la madrugada, pasacalles desbordados de amor, cartas. Todo eso para ella, para una gelatina mal decolorada. Aunque odiaba a Gladys, Ema sentía que todo había sido un malentendido, no había tenido intenciones reales de meterse en su vida. Creyó, de verdad, que alguna vez algo le podía tocar a ella. Era claro que el sobre decía 4 C, que el portero se había confundido de departamento, pero quizás, por primera vez, Julieta Capuleto podía remitir a Ema y la equivocación fuera de su Romeo. Ema se había sentido interpelada por aquel nombre y su impulso fue más fuerte que cualquier racionalidad.

Sacó su agenda, buscó en la G, marcó en el teléfono su número y colgó. No. Todavía no estaba preparada. No podía soportar quedar en evidencia, debía inventarse una historia mejor. No podía decirle a Gladys que en verdad se había ilusionado con que alguien alguna vez le mandara una carta de amor, que necesitaba que esa carta fuera suya, y que, aún cuando la carta comenzaba nombrando a Gladys, ella la había leído y releído toda, hasta las lágrimas, durante varios meses. Que la envidiaba, que quería tocarla y preguntarle cómo hacía, que era su fan.

Estando a punto de llorar de desesperación, Ema se acordó de María Concepción. Había lugar dentro de las historias para las Marías Concepciones.

Miró el reloj 17. 50hs. Hora de salir a hacer las comprar para la comida de la noche. Hoy se permitiría una excepción a su dieta regular: se compraría un Criadores para tomar después de comer.

Por la noche, luego de cenar, Ema se sirvió una medida del whisky con tres hielos en un vaso. Y mientras lo sujetaba con una mano, moviéndolo circularmente, con la otra sujetaba la carta del sobre marrón, abierto. Reía a carcajadas con la mirada perdida. Eran las 23.30hs. Hora en la que Ema, los días anteriores ya estaba durmiendo.

1 comentario:

Drodro dijo...

Bueno, acabo de releerlo y me cerró esta vez. Igual insisto en que da para expandirlo más allá.

Datos personales

Licenciada y Profesora en Letras.

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