viernes, 4 de abril de 2008

sábado, 22 de marzo de 2008

De Luisas y Marías Concepciones

Antes de salir de su oficina, Ema anotó en su agenda: tengo que llamar a Gladys. Miró el reloj, eran las 14.57hs. Tenía calculado que tardaba tres minutos en juntar las cosas y saludar a sus compañeros para cruzar la puerta del ascensor a las 15.00hs. Guardó prolijamente su agenda y lapicera en la cartera, se la colgó del brazo y comenzó el recorrido por los escritorios de sus compañeros con el saludo de siempre. “Hasta mañana, si Dios quiere” “Hasta mañana, si Dios quiere”. Al cruzar la puerta miró su reloj digital con segundero, las 15 horas 00 minutos 45 segundos.

Durante el viaje de regreso se sentía ansiosa, perturbada. Habitualmente, Ema llega a su casa a las 15.45 hs (más menos cinco minutos) se saca los zapatos, se desabrocha los primeros botones de la camisa y, previo a sentarse a mirar la novela de las 16hs, se hace un te con limón. Hoy tendría que ser distinto, esta vez iba a tener que llamar a su vecina para contarle toda la verdad.

Cuando bajó del colectivo, Ema caminó más lento que de costumbre, no le importó pasarse de su margen de error de cinco minutos. Miró vidrieras y compró una revista de salud y confort en el kiosko de diarios, lujo que sólo se permitía los fines de semana.

Al llegar a su casa, recogió del piso un par de sobres. Cuentas, cuentas y cuentas para: Sra. Ema Aguirre, Tacuarí 1304 3 C. Los guardó en un cajón ordenadamente y recogió de ahí mismo un sobre marrón, abierto. Lo bordeó con la yema de sus dedos, leyó los datos de la destinataria, observó la estampilla y lo sujetó bajo su axila. Caminó por la casa en círculo, mirando de reojo el teléfono, y el reloj, que marcaba las 16.15hs. La novela había empezado, hoy se sabría si Carlos Alberto engañaba a Luisa con el mayordomo, o si todo era una mentira de María Concepción para arruinarle la vida a Luisa. A pesar del fanatismo y de la intriga que le despertaba esa novela, hoy podría prescindir de esa historia.

Cómo explicarle a su vecina lo que había sucedido. Cómo explicarle que ella en verdad no había querido hacer lo que hizo, cómo mentirle sin que sospechara, justo a Gladys. Justo a la única vecina a la que era capaz de expresarle algún sentimiento, el de su peor odio. Odio mezclado con envidia. A Gladys le pasaban cosas, su vida era entretenida: gritos, peleas, llantos, teléfonos sonando a la madrugada, pasacalles desbordados de amor, cartas. Todo eso para ella, para una gelatina mal decolorada. Aunque odiaba a Gladys, Ema sentía que todo había sido un malentendido, no había tenido intenciones reales de meterse en su vida. Creyó, de verdad, que alguna vez algo le podía tocar a ella. Era claro que el sobre decía 4 C, que el portero se había confundido de departamento, pero quizás, por primera vez, Julieta Capuleto podía remitir a Ema y la equivocación fuera de su Romeo. Ema se había sentido interpelada por aquel nombre y su impulso fue más fuerte que cualquier racionalidad.

Sacó su agenda, buscó en la G, marcó en el teléfono su número y colgó. No. Todavía no estaba preparada. No podía soportar quedar en evidencia, debía inventarse una historia mejor. No podía decirle a Gladys que en verdad se había ilusionado con que alguien alguna vez le mandara una carta de amor, que necesitaba que esa carta fuera suya, y que, aún cuando la carta comenzaba nombrando a Gladys, ella la había leído y releído toda, hasta las lágrimas, durante varios meses. Que la envidiaba, que quería tocarla y preguntarle cómo hacía, que era su fan.

Estando a punto de llorar de desesperación, Ema se acordó de María Concepción. Había lugar dentro de las historias para las Marías Concepciones.

Miró el reloj 17. 50hs. Hora de salir a hacer las comprar para la comida de la noche. Hoy se permitiría una excepción a su dieta regular: se compraría un Criadores para tomar después de comer.

Por la noche, luego de cenar, Ema se sirvió una medida del whisky con tres hielos en un vaso. Y mientras lo sujetaba con una mano, moviéndolo circularmente, con la otra sujetaba la carta del sobre marrón, abierto. Reía a carcajadas con la mirada perdida. Eran las 23.30hs. Hora en la que Ema, los días anteriores ya estaba durmiendo.

domingo, 13 de enero de 2008

Detrás de una imagen

“Que cosa que de repente se me ha

ido el suelo y está el vacío esperándome

nada me puede atajar nada firme

adelante mío no es que me caiga

se me ha ido el suelo y lo voy a seguir.

No te asustes, no, no te asustes

si ves que como respaldo lo tengo al viento

y no queda nada bajo mis pies

me voy a pique nomás

y aunque rompa el aire de un tajo,

no es que me caiga, es que voy pa' abajo

a tocar el fondo de lo que

soy de una buena vez”

“A pique” Juan Quintero.

Un vidrio empañado por dentro, repleto de gotas por fuera. Detrás, un paisaje uniforme, recto, desolado. Plantas verdes, verdecitas, marrones y marroncitas. De vez en cuando algún árbol flaco, con algunas ramas semidesnudas, solitario en el medio del llano.

Al lado del vidrio, del lado empañado, yo. Sobre el vidrio, yo, borrosa, empañada, llena de gotas sobre mi cara y casi casi espectral, por momentos con alguna planta verde o marroncita en lugares poco previsibles como bajo mi pera, o detrás de mi nariz. Pensaba, mientras me encontraba con mi imagen, si con tanta distorsión me presentaría ante el mundo. Si la desfiguración estaba siendo tan notoria en este caso. Podía también haber momentos en los que semejante distancia entre la realidad y la representación fuera efectuada entre lo que uno piensa y lo que transmite. Seguramente pasaba seguido, imperceptiblemente, la mayoría de las veces y en la mayoría de los casos. En algunas circunstancias una se encuentra con su imagen, se encuentra con lo que es, y no con lo que quisiera ser, allí la imperceptibilidad desaparece y lo que surge de pronto es una gran decepción.

¡Uf! ¡Qué densidad! Se supone que simplemente estaba viajando a visitar a mis tíos abuelos que viven en el sur, quienes me invitaron a pasar una semana con ellos por las vacaciones de invierno. Hacía mucho que no los veía y estaban viejitos, había que aprovechar el tiempo que quedaba. Viajar siempre me ponía reflexiva, en general era una persona analítica, metida para adentro, pero muy observadora, de hecho me la pasaba reconociendo y catalogando en las diversas muestras, las fallas que tiene el ser humano, lo cual no me hacía del todo feliz, pero al menos me alejaba de mi propia realidad. Pero ahora me encontraba sentada desde hacía más de medio día en un mismo lugar, observando y padeciendo, en parte en mi cara, y en el resto de mi cuerpo (el que no estaba reflejado en el vidrio); y parte en mis sentimientos, donde sea que queden, la soledad y la desolación del horizonte. Sufría también el aroma a tristeza que se sentía en ese colectivo, eso me hacía reflexionar aún más, sentir en carne viva lo que significa tener una melancolía a flor de piel. ¿Flor de piel? Que término tan poco yo. ¡Qué estoy diciendo! Una flor de piel. Trato de imaginármela, pero me la imagino fea, una flor dura, carente de la delicadeza y suavidad, desprovista de belleza y perfume. Una flor de mí.

En ese momento decidí levantarme de mi butaca. Noté por primera vez que tenía un compañero de asiento, lo vi sobresaltado por mi exabrupto. Estaba tan compenetrada en mis pensamientos que no sólo no había sentido que tenía una persona al lado, sino que tampoco me di cuenta que podía molestar a alguien con mi intempestividad. Pedí perdón, algo nerviosa, pero desinteresadamente. No lo miré. Caminé por el angosto pasillo figurándome una y otra vez la flor más fea de todas, la visualizaba de diversos modos, todos se me escurrían rápidamente, por suerte. El tapizado de los asientos de los que me iba sujetando, el movimiento del micro, los pozos de la ruta, los ronquidos de algunos pasajeros, las luces del camino, el olor a baño químico, distraían mis sentidos, ni hablar del sabor amargo de la tristeza que traía en la boca desde mi asiento. Fui al baño. Las puertas de los baños de los micros siempre son difíciles de abrir, me parecía demasiado trabajo intelectual para semejante desesperación. Por terca terminé utilizando más fuerza de la necesaria para abrir esa puerta que chocó contra la pared y volvió a cerrarse. Escuché un “shh!”. Pensé sólo insultos, no dije ninguno. Abrí la puerta nuevamente, esta vez con algo más de maña, y entré al baño. Recomendación: si estás viajando en un micro de larga distancia y por mirar el paisaje llano, uniforme, infinito, recordás todas tus tristezas, y decidís levantarte para terminar con esa sucesión de pensamientos angustiantes, nunca, pero nunca, pero nunca (a menos que te guste el masoquismo...) ¡Nunca decidas ir al baño del micro! Desde la entrada se siente un olor que pone a prueba a cualquier estómago, mezcla de producto de limpieza barato, con sucesivos pasos de personas que se dirigen a aquel cubículo para orinar-defecar-devolver, bueno, en definitiva todos sabemos para qué sirven los baños, pero... seguro que no es el lugar más adecuado como centro de rehabilitación.

No hice mucho hincapié en el tamaño de aquel reducto, prefería no pensar en que estaba encerrada en un micro, incapaz de poder correr hasta ganarle a la desesperación y que sí o sí ella quedase atrás. Raudamente salí de aquel lugar. Me había distraído al menos un poco, parece que las cosas horribles ajenas, de nadie (o de todos) pueden ocultar las propias. Ya no visualizaba la flor horrible. Ya no visualizaba la flor-yo.

Volviendo a mi asiento me prometí evitar el autocastigo, debía llegar a Choele-Choel, el pueblo de mis tíos abuelos, lista como para bajar las escaleras radiante, cargada de energía y paciencia para recibir no sólo muchos apretones de mejillas, tiradas de oreja, abrazos de esos que te hacen chocar las costillas unas con otras, sino también para poder repetir con una sonrisa la respuesta a una pregunta formulada por ellos reiteradamente. Al llegar a la fila donde se encontraba mi asiento, miré por primera vez a mi compañero. Estaba durmiendo, era alto y muy flaco, sus piernas largas se descuajeringaban casi artísticamente como para poder entrar en aquel lugar. Dormía con la boca abierta, pero esta vez eso no me pareció ridículo y antiestético como siempre. Más bien me pareció normal, estaba durmiendo, relajado y hasta sentí algo de envidia. La paz de los demás, cuando es capaz de transmitírmela, me conmueve. Lo estaba mirando demasiado, dudaba si debía saltarlo y así llegar a mi asiento sin despertarlo, corriendo el riesgo de clavarle un zapatillazo en el hígado o despertarlo para que se corriera y me dejara pasar. Era admirable lo que él había hecho con sus piernas, no quería quebrar semejante armonía, pero conociéndome, mejor era romper con el arte y que me acusen de reaccionaria, que herir alguna parte de su cuerpo por torpeza. Tosí bajito. Nada. Volví a toser, un poco más fuerte, nada. Sutilmente me acerqué unos pasitos hacia él. De repente sentí el ventarrón del aire acondicionado sin escalas ni interrupciones directamente sobre mi piel, estornudé dejando escapar en aquel estornudo mi alma (y algunas cosas más). Otra vez, quebré su paz de manera abrupta. A veces me parece que la vida me hace chistes muy previsibles, estornudar por primera vez en toda la travesía justo en el momento más inoportuno me parecía un gag gastado, ineficaz, pero lo peor de todo es que esto no era ficción. Otra vez pedí perdón, esta vez sí mirándolo a los ojos. No contestó, solo puso cara de estar llenando con saliva su boca pastosa.

Me acomodé en mi asiento, tenía miedo de mirar de nuevo hacia la ventana. Largos segundos miraba el tapizado del asiento de adelante, pispeaba de reojo la ventana y rápidamente volvía la cabeza hacia su posición inicial. Así estuve largo rato, mi compañero había vuelto a dormirse y sus piernas se habían podido ubicar casi tan armónicamente como antes. El leve vaivén del colectivo lograba funcionar como una mecedora no tan placentera, aunque debía confesar que a pesar de todas las alteraciones que venía sufriendo en mi cabeza desde la salida de la ciudad, el sueño estaba logrando hacerse sentir en mí. Olvidé por un momento todo lo ocurrido anteriormente y, de manera espontánea, volví a mirar hacia la ventana. Durante largos segundos no pensé ni noté nada, quizás producto del sueño. De repente pude divisar mi imagen frente a mí, otra vez distorsionada, deforme, fea. Detrás ahora predominaba la oscuridad, con alguna que otra luz a lo lejos, sobre el cielo. Mi imagen entonces ya no tenía plantas bajo las orejas ni detrás de la nariz, esta vez mi reflejo tenía compañía. Cerca de mí, casi superpuesto, un hombre dormía plácidamente. Pensé que mi Reflejo al menos ahora no se sentía tan sólo, ni tan feo, ni tan triste. Eso me alegró. En ese mismo momento descubrí que mi Reflejo se ponía más lindo, más armonioso, que brillaba sobre el vidrio mojado por fuera y empañado por dentro.

martes, 30 de octubre de 2007

No hay de papa, nomás de queso

Era sábado y era de mañana. Como siempre en esos días, sobre todo si el clima estaba soleado, me gustaba salir a caminar por el barrio. Solía levantarme temprano y, mientras tomaba unos mates, decidía con qué look iba a enfrentar el día. En general, me llevaba bastante tiempo decidir si debía o no atarme el pelo. La mayoría de las veces terminaba haciéndome una colita improvisada llena de irregularidades en la parte superior de la cabeza, que reflejaban notoriamente la ausencia del paso de cepillo, pero no la dedicación. Solía elegir el pelo atado, es que cuando mi pelo estaba muy limpio o muy sucio prefería que no se notara, además... ¡cómo odiaba que las extremidades que afectan al mundo incluyeran también a mi débil cabellera!

Esa mañana, de sábado y soleada, decidí pasar por el mercado, ya que iba a comenzar una dieta de frutas y verduras. La verdad mucho no me molestaba, además siempre que cumpliera con la pauta, la cantidad podía ser indeterminada. ¡Podía comerme treinta y seis manzanas y setenta y dos calabazas que nadie me iba a acusar de traidora de la moral dietética! Ideal para mí, que no me gusta romper con las normas, ni aunque éstas fueran auto-impuestas. Caminaba por la vereda soleada, con los ojos entrecerrados y la cabeza inclinada hacia arriba, disfrutaba del calorcito natural posándose en mis mejillas. El aire fresco matinal me hacía sentir que sobrevivir la sofocante semana tenía su premio (estaría saliéndome de tema si aclarara que así como después de cada tormenta siempre llega la calma, también luego de cada calma, retorna la tormenta y tanto los sábados como los domingos representaban, al menos para mí, la inquietante calma que precede a las tempestades más furiosas. La sensación de desolación y quietud que generan esos minutos antes del desastre se podían hacer día en el domingo)

Caminando, caminando y tarareando desafinadamente alguna melodía fmhitera llegué al mercado y pregunté por... por... ¡¿será posible?! Nunca recuerdo el nombre de la amable señora que me gusta elegir para que me atienda al ir a la frutería. Bueno, para salir del paso llamémosla señora Sandía. Miré todo el local y no la vi por ninguna parte, de repente un señor, supongo que debería ser su esposo, el señor Sandía, me preguntó qué necesitaba y entonces allí le pregunté por la mujer de pelo lacio, negro, largo, muy amable, que trabajaba con él siempre (claramente en referencia a la señora Sandía). Él me contestó que ella no se encontraba bien de salud y que estaba en su casa, en cama. Sinceramente su respuesta me desconcertó. Dubitativa y a la vez desconsolada le pedí un kilo de hinojo, pagué y me retiré apresuradamente.

Salí del mercado y comencé a caminar, esta vez no me acordé de ir por la vereda soleada, estaba realmente perturbada. Caminé por Rivadavia, dos cuadras, hasta que encontré unos escaloncitos a la entrada de un edificio que me invitaron a sentar. Allí noté que realmente me había afectado que no estuviera la señora Sandía en la verdulería. ¿Por qué? ¡Cómo puede ser que la enfermedad de una señora con la cual nunca intercambié más que dinero por vegetales me desestructure la tan ansiada mañana de sábado soleado que estaba teniendo!

Decidí volver a mi casa.

Una vez adentro, noté que sólo había tomado algunos mates por la mañana y que había salido en busca de comida para mi almuerzo dietético basado en cantidades ilimitadas de frutas y verduras. También noté que debido a la sorpresa por la falta de la señora Sandía en el mercado, y a la urgencia por huir del diálogo incómodo con su esposo, sólo había traído conmigo ¡un kilo de hinojo! Lo mezclé con un tomate pasado que tenía en la heladera y me lo comí. No era placentero, menos si pensaba en la señora. Ella sufriendo en su casa sola, enferma y yo... comiendo de su hinojo.

Al rato pensé que tenía que resolver la situación que me angustiaba (de chiquita aprendí que los problemas hay que enfrentarlos, quizás me lo había dicho una maestra de la escuela, o quizás se lo había escuchado decir a Belén Fraga en Chiquititas, pero de todas maneras en algún lugar lo escuché y me quedó grabado... muy grabado) así que volví al mercado. Me apuré, cerraba temprano los sábados y tenía miedo de tener que esperar hasta el lunes. Llegué a la puerta del mercado y encontré a dos muchachos bajando la persiana y colocando los candados sobre ella. Me abalancé sobre ellos y le pregunté por el señor Sandía, me dijeron que no sabían si ya se había ido, que hacía unos minutos había estado por ahí. Entonces pegué media vuelta y me fui. Pensé que quizás él debía estar apurado, nervioso y con ganas de volver a su casa para ver a su mujer, si es que eran esposos. Yo no podía, otra vez, ser tan egoísta y pensar más en mi angustia que en la enfermedad de la señora Sandía.

Iba a tener hambre de nuevo pronto, siempre fui una persona de mucho apetito, me gusta comer y mucho. Así que me encaminé hacia otra verdulería. Quizás solucionando el tema de la comida de mi próximo fin de semana, y con frutas y verduras a mi disposición, podría llegar a entender mejor la incomprensible angustia que me había generado lo de aquella mujer. Caminé varias cuadras, intuyo que debo haber pasado por la puerta de más de una verdulería, el problema era que me engañaba a mí misma, parecía que tuviera temor de entrar. ¡Largos minutos pasaron hasta que percibí qué era lo que estaba haciendo! Entonces giré y decidí retornar por el mismo camino que había hecho antes, necesitaba volver a cruzarme una verdulería y entrar a comprar. Sudaba, lo sentía. Mis manos estaban inundadas en una finita transpiración, como siempre que me pongo muy nerviosa. Pensando en eso estaba cuando encontré, al fin, una verdulería: “Frutería y verdulería: Pedro Pirata. La mejor calidad, los mejores precios. Envíos a domicilio”. Eso decía el cartel de la entrada y más abajo, al lado de la puerta, un pizarrón negro escrito con tiza blanca marcaba, “Tomates 1kg $4 / Lechuga 1kg $1,20/ Super oferta Frutillas 1kg $3”. Me sorprendí. Nunca había prestado mucha atención a los carteles de las verdulerías, quizás porque en el mercado todo solía estar junto y no encontraba más que algún pequeño cartel por encima del producto. ¿Qué compraba yo, normalmente? ¿Cuánto pedía? ¿Se me pudrió alguna vez algo que compré? Todas estas preguntas comenzaron a generarme terror, mucho terror. No recordaba cosas básicas de la vida cotidiana. ¡Qué hacía yo con 1 kg de hinojo! (en realidad menos... quizás 900g porque algo ya había comido un rato antes).

- Sí

- Hola, buen día... digo, buenas tardes

- Buenas tardes... ¿Qué le doy?

- Eeeeh... Ehhh... ¡Eso! – dije, señalando a un punto indeterminado a la distancia

- Papas o Berenjenas?

- Eeh, eh.. ¡Las dos cosas!

- Cuánto?

- Y... para mí.

- Pero para usted, ¿para cuánto tiempo?

¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! En ese mismo momento salí corriendo de la verdulería, huí estrepitosamente. Una vez a salvo, muy muy agitada, frené en una esquina y me largué a llorar. Comprendí mi egoísmo, realmente NECESITABA a la señora Sandía. Cada vez que la visitaba, exactamente cada quince días, con solo verme entrar, ella empezaba a preparar mi pedido, si es que por falta de tiempo no podía prepararlo antes. Siempre, gracias a ella, me llevaba a casa exactamente todas las frutas y verduras que necesitaba para comer, que duraban exactamente quince días, aunque esos eran quince días sin dieta. A veces variaba lo que me daba, por la estación, el precio o por una mejor o peor cosecha. Todo eso era genial, pero la cuestión es que yo no sabía hacer el pedido en la verdulería. Claramente no sabía. Dependía absolutamente de la buena voluntad de aquella señora. Darme cuenta de mis deficiencias me puso triste. Yo, una persona tan independiente, tan poco rutinaria, tan canchera, necesitando de una señora “X” para vivir. Lloré al menos diez minutos sentada en el cordón de una mugrienta vereda. Luego, me paré, me sequé las lágrimas, aspiré algunos moquitos que sobresalían mi nariz y caminé en dirección al almacén: si hay algo que siempre supe pedir es un buen pebete de jamón y queso especial.

Datos personales

Licenciada y Profesora en Letras.

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