Era sábado y era de mañana. Como siempre en esos días, sobre todo si el clima estaba soleado, me gustaba salir a caminar por el barrio. Solía levantarme temprano y, mientras tomaba unos mates, decidía con qué look iba a enfrentar el día. En general, me llevaba bastante tiempo decidir si debía o no atarme el pelo. La mayoría de las veces terminaba haciéndome una colita improvisada llena de irregularidades en la parte superior de la cabeza, que reflejaban notoriamente la ausencia del paso de cepillo, pero no la dedicación. Solía elegir el pelo atado, es que cuando mi pelo estaba muy limpio o muy sucio prefería que no se notara, además... ¡cómo odiaba que las extremidades que afectan al mundo incluyeran también a mi débil cabellera!
Esa mañana, de sábado y soleada, decidí pasar por el mercado, ya que iba a comenzar una dieta de frutas y verduras. La verdad mucho no me molestaba, además siempre que cumpliera con la pauta, la cantidad podía ser indeterminada. ¡Podía comerme treinta y seis manzanas y setenta y dos calabazas que nadie me iba a acusar de traidora de la moral dietética! Ideal para mí, que no me gusta romper con las normas, ni aunque éstas fueran auto-impuestas. Caminaba por la vereda soleada, con los ojos entrecerrados y la cabeza inclinada hacia arriba, disfrutaba del calorcito natural posándose en mis mejillas. El aire fresco matinal me hacía sentir que sobrevivir la sofocante semana tenía su premio (estaría saliéndome de tema si aclarara que así como después de cada tormenta siempre llega la calma, también luego de cada calma, retorna la tormenta y tanto los sábados como los domingos representaban, al menos para mí, la inquietante calma que precede a las tempestades más furiosas. La sensación de desolación y quietud que generan esos minutos antes del desastre se podían hacer día en el domingo)
Caminando, caminando y tarareando desafinadamente alguna melodía fmhitera llegué al mercado y pregunté por... por... ¡¿será posible?! Nunca recuerdo el nombre de la amable señora que me gusta elegir para que me atienda al ir a la frutería. Bueno, para salir del paso llamémosla señora Sandía. Miré todo el local y no la vi por ninguna parte, de repente un señor, supongo que debería ser su esposo, el señor Sandía, me preguntó qué necesitaba y entonces allí le pregunté por la mujer de pelo lacio, negro, largo, muy amable, que trabajaba con él siempre (claramente en referencia a la señora Sandía). Él me contestó que ella no se encontraba bien de salud y que estaba en su casa, en cama. Sinceramente su respuesta me desconcertó. Dubitativa y a la vez desconsolada le pedí un kilo de hinojo, pagué y me retiré apresuradamente.
Salí del mercado y comencé a caminar, esta vez no me acordé de ir por la vereda soleada, estaba realmente perturbada. Caminé por Rivadavia, dos cuadras, hasta que encontré unos escaloncitos a la entrada de un edificio que me invitaron a sentar. Allí noté que realmente me había afectado que no estuviera la señora Sandía en la verdulería. ¿Por qué? ¡Cómo puede ser que la enfermedad de una señora con la cual nunca intercambié más que dinero por vegetales me desestructure la tan ansiada mañana de sábado soleado que estaba teniendo!
Decidí volver a mi casa.
Una vez adentro, noté que sólo había tomado algunos mates por la mañana y que había salido en busca de comida para mi almuerzo dietético basado en cantidades ilimitadas de frutas y verduras. También noté que debido a la sorpresa por la falta de la señora Sandía en el mercado, y a la urgencia por huir del diálogo incómodo con su esposo, sólo había traído conmigo ¡un kilo de hinojo! Lo mezclé con un tomate pasado que tenía en la heladera y me lo comí. No era placentero, menos si pensaba en la señora. Ella sufriendo en su casa sola, enferma y yo... comiendo de su hinojo.
Al rato pensé que tenía que resolver la situación que me angustiaba (de chiquita aprendí que los problemas hay que enfrentarlos, quizás me lo había dicho una maestra de la escuela, o quizás se lo había escuchado decir a Belén Fraga en Chiquititas, pero de todas maneras en algún lugar lo escuché y me quedó grabado... muy grabado) así que volví al mercado. Me apuré, cerraba temprano los sábados y tenía miedo de tener que esperar hasta el lunes. Llegué a la puerta del mercado y encontré a dos muchachos bajando la persiana y colocando los candados sobre ella. Me abalancé sobre ellos y le pregunté por el señor Sandía, me dijeron que no sabían si ya se había ido, que hacía unos minutos había estado por ahí. Entonces pegué media vuelta y me fui. Pensé que quizás él debía estar apurado, nervioso y con ganas de volver a su casa para ver a su mujer, si es que eran esposos. Yo no podía, otra vez, ser tan egoísta y pensar más en mi angustia que en la enfermedad de la señora Sandía.
Iba a tener hambre de nuevo pronto, siempre fui una persona de mucho apetito, me gusta comer y mucho. Así que me encaminé hacia otra verdulería. Quizás solucionando el tema de la comida de mi próximo fin de semana, y con frutas y verduras a mi disposición, podría llegar a entender mejor la incomprensible angustia que me había generado lo de aquella mujer. Caminé varias cuadras, intuyo que debo haber pasado por la puerta de más de una verdulería, el problema era que me engañaba a mí misma, parecía que tuviera temor de entrar. ¡Largos minutos pasaron hasta que percibí qué era lo que estaba haciendo! Entonces giré y decidí retornar por el mismo camino que había hecho antes, necesitaba volver a cruzarme una verdulería y entrar a comprar. Sudaba, lo sentía. Mis manos estaban inundadas en una finita transpiración, como siempre que me pongo muy nerviosa. Pensando en eso estaba cuando encontré, al fin, una verdulería: “Frutería y verdulería: Pedro Pirata. La mejor calidad, los mejores precios. Envíos a domicilio”. Eso decía el cartel de la entrada y más abajo, al lado de la puerta, un pizarrón negro escrito con tiza blanca marcaba, “Tomates 1kg $4 / Lechuga 1kg $1,20/ Super oferta Frutillas 1kg $3”. Me sorprendí. Nunca había prestado mucha atención a los carteles de las verdulerías, quizás porque en el mercado todo solía estar junto y no encontraba más que algún pequeño cartel por encima del producto. ¿Qué compraba yo, normalmente? ¿Cuánto pedía? ¿Se me pudrió alguna vez algo que compré? Todas estas preguntas comenzaron a generarme terror, mucho terror. No recordaba cosas básicas de la vida cotidiana. ¡Qué hacía yo con 1 kg de hinojo! (en realidad menos... quizás 900g porque algo ya había comido un rato antes).
- Sí
- Hola, buen día... digo, buenas tardes
- Buenas tardes... ¿Qué le doy?
- Eeeeh... Ehhh... ¡Eso! – dije, señalando a un punto indeterminado a la distancia
- Papas o Berenjenas?
- Eeh, eh.. ¡Las dos cosas!
- Cuánto?
- Y... para mí.
- Pero para usted, ¿para cuánto tiempo?
¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! En ese mismo momento salí corriendo de la verdulería, huí estrepitosamente. Una vez a salvo, muy muy agitada, frené en una esquina y me largué a llorar. Comprendí mi egoísmo, realmente NECESITABA a la señora Sandía. Cada vez que la visitaba, exactamente cada quince días, con solo verme entrar, ella empezaba a preparar mi pedido, si es que por falta de tiempo no podía prepararlo antes. Siempre, gracias a ella, me llevaba a casa exactamente todas las frutas y verduras que necesitaba para comer, que duraban exactamente quince días, aunque esos eran quince días sin dieta. A veces variaba lo que me daba, por la estación, el precio o por una mejor o peor cosecha. Todo eso era genial, pero la cuestión es que yo no sabía hacer el pedido en la verdulería. Claramente no sabía. Dependía absolutamente de la buena voluntad de aquella señora. Darme cuenta de mis deficiencias me puso triste. Yo, una persona tan independiente, tan poco rutinaria, tan canchera, necesitando de una señora “X” para vivir. Lloré al menos diez minutos sentada en el cordón de una mugrienta vereda. Luego, me paré, me sequé las lágrimas, aspiré algunos moquitos que sobresalían mi nariz y caminé en dirección al almacén: si hay algo que siempre supe pedir es un buen pebete de jamón y queso especial.